Mujercitas
Mujercitas —Es por mi cabello —balbuceó la pobre Jo, que trataba en vano de contener la emoción hundiendo el rostro en la almohada.
La escena conmovió a Meg, que besó y acarició a la consternada heroína con gran ternura.
—No es que me arrepienta —argumentó Jo hipando—. Lo haría de nuevo mañana si pudiera. Pero mi parte vanidosa y egoísta me obliga a llorar como una niña estúpida. No se lo digas a nadie, ya ha pasado. Creía que estabas dormida y pensé que me haría bien desahogarme a solas. ¿Cómo es que aún estás despierta?
—No puedo dormir, estoy demasiado angustiada —contestó Meg.
—Piensa en algo agradable y conciliarás el sueño enseguida.
—Lo he intentado, pero solo he conseguido despejarme aún más.
—¿En qué pensabas?
—En rostros hermosos; concretamente, en ojos —dijo Meg sonriendo para sí en la oscuridad.
—¿Qué color de ojos prefieres?
—El marrón. Bueno, a veces. Los ojos azules son preciosos.
Jo se rió y Meg le ordenó con dureza que no dijese nada y, en tono más afable, se ofreció a rizarle el cabello al día siguiente. A continuación, se durmió y soñó que vivía en su castillo en el aire.