Mujercitas
Mujercitas 
En aquella fría y gris alborada, las hermanas encendieron su lámpara y leyeron el capítulo que correspondía al día con más fervor que nunca, porque, ahora que la sombra de un auténtico problema se cernía sobre ellas, se daban cuenta de lo afortunadas que habían sido hasta entonces. La lectura les proporcionó inspiración y consuelo, y al vestirse convinieron en despedir a su madre con alegría, llenas de esperanza, para que ésta no tuviese que emprender su penoso viaje con el peso de sus lamentaciones y llantos en el corazón. Cuando bajaron, todo les pareció extraño; la calma y la oscuridad que reinaban fuera, la luz y la agitación en el interior. Desayunar tan temprano resultaba raro, e incluso el familiar rostro de Hannah parecía otro, porque había salido de la cocina con el gorro de dormir todavía puesto. En el vestíbulo estaba el gran baúl, listo para el viaje, y sobre el sofá, el abrigo y el gorro de su madre, que se había sentado a la mesa y trataba de comer. Estaba tan pálida y demacrada después de pasar la noche en vela a causa de la angustia que a las jóvenes les costó comportarse como habían decidido. A Meg se le llenaban los ojos de lágrimas, aun a su pesar; Jo tuvo que taparse el rostro con un paño de cocina en más de una ocasión, y el semblante de las pequeñas reflejaba la seriedad y la preocupación de quien se enfrenta a la pena por vez primera.
