Mujercitas
Mujercitas —¡Ésa es mi Beth! —exclamó Jo, y agitó su sombrero en el aire con una expresión de gratitud en el rostro—. Adiós, Meggy; espero que los King no te den mucho trabajo hoy. Y, querida —añadió al despedirse—, no te preocupes por papá.
—Y yo confÃo en que la tÃa March no esté muy cascarrabias. El corte de pelo te favorece; te da un aspecto más masculino pero resulta agradable —apuntó Meg, que intentaba no reÃrse de aquella cabeza con rizos que parecÃa excesivamente pequeña sobre los anchos hombros de su hermana.
—Ése es mi único consuelo. —Jo se caló el sombrero como solÃa hacer Laurie y se marchó, sintiéndose como una oveja esquilada en un dÃa de invierno.
Recibir noticias de su padre las tranquilizó mucho. A pesar de que su enfermedad era grave, la presencia de la mejor y más dulce de las enfermeras le habÃa ayudado a reponerse. El señor Brooke enviaba noticias a diario y, como cabeza de familia, Meg insistÃa en leer las cartas, que eran más alegres cada dÃa. Al principio, a todas les hacÃa mucha ilusión escribir, y alguna de las hermanas depositaba en el buzón el grueso sobre, sintiéndose muy importante por mantener correspondencia con la ciudad de Washington. Cada paquete enviado contenÃa noticias de todas. Como muestra, abramos con la imaginación un sobre y leamos su contenido:
QueridÃsima mamá: