Mujercitas
Mujercitas —Yo iré a casa de los King, aunque preferirÃa quedarme y atender nuestro hogar —explicó Meg, que deseaba no tener los ojos tan rojos de llorar.
—No hace falta, Beth y yo nos ocuparemos de todo perfectamente —anunció Amy con aires de importancia.
—Hannah nos indicará qué debemos hacer, y cuando volváis lo encontraréis todo bien ordenado —añadió Beth, y fue a por la fregona y el cubo sin mayor dilación.
—Creo que la ansiedad es muy interesante —observó Amy, pensativa, mientras se llevaba a la boca una cucharada de azúcar.
Las muchachas no pudieron reprimir una carcajada y enseguida se sintieron mejor, aunque Meg meneó la cabeza al ver que su hermana menor era capaz de encontrar consuelo en un azucarero.
Al ver las empanadas calientes, el ánimo de Jo volvió a decaer, y cuando las dos hermanas mayores salieron para atender sus obligaciones diarias, ambas miraron con tristeza hacia la ventana desde la que solÃa despedirlas su madre. No estaba allÃ, pero Beth, que habÃa recordado la pequeña ceremonia familiar, se asomó y las despidió con la mano como un mandarÃn de piel sonrosada.