Mujercitas

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Beth abrió la boca para decir algo, pero solo pudo señalar un montón de medias pulcramente zurcidas que había sobre la mesa de su madre, una muestra de que aun en los momentos de más apuro pensaba en ellas y trabajaba para atenderlas. Era tan solo un detalle, pero a todas les llegó al alma y, a pesar de su valiente decisión, se vinieron abajo y lloraron desconsoladas.

Hannah tuvo el acierto de dejar que se desahogaran y, cuando pareció que la tormenta amainaba, fue al rescate con café para todas.

—Bueno, señoritas, recordad las palabras de vuestra madre y no os preocupéis. Venid a tomar una taza de café y luego poneos a trabajar para ser el orgullo de la familia.

El café era un lujo, y Hannah mostró su saber hacer al servírselo aquella mañana. Era tan imposible resistirse a sus vehementes movimientos de la cabeza como al atractivo aroma que llegaba de la cafetera. Se sentaron a la mesa, cambiaron los pañuelos por servilletas y, al cabo de diez minutos, ya habían recuperado la serenidad.

—Nuestro lema es no perder la esperanza y mantenernos ocupadas, veremos quién lo cumple mejor. Iré a casa de la tía March, como de costumbre, ¡aunque seguro que me soltará uno de sus sermones! —elijo Jo, más animada, antes de beber un poco de café.


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