Mujercitas
Mujercitas —¡Adiós, queridas! Dios nos bendiga y nos proteja a todas —susurró la señora March al besar los rostros amados antes de entrar en el carruaje.
Mientras se alejaba, el sol salió y, al mirar hacia atrás, vio que iluminaba el pequeño grupo congregado junto a la verja y lo consideró un buen presagio. Los demás también lo sintieron así y sonrieron y le dijeron adiós con la mano. Lo último que vio la madre, antes de doblar la esquina, fue el rostro de las cuatro muchachas iluminado y tras ellas, cual guardaespaldas, el anciano señor Laurence, la fiel Hannah y el abnegado Laurie.

—Qué amables son todos con nosotras —dijo, y al volverse hacia el señor Brooke encontró una prueba de la veracidad de sus palabras cuando vio el respeto y la compasión que reflejaban su rostro.
—No saben actuar de otro modo —repuso él, y dejó escapar una risa tan contagiosa que la señora March no pudo evitar sonreír. Y así fue como empezó el largo viaje, con el buen augurio del sol y la calidez de unas palabras de aliento.
—Me siento como si hubiese habido un terremoto —comentó Jo cuando sus vecinos se fueron a casa a desayunar y las dejaron para que descansaran un poco.
—Parece como si se hubiese ido la mitad de la familia —añadió Meg con melancolía.