Mujercitas

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Amy se rebeló con vehemencia y declaró que prefería contraer la escarlatina antes que vivir en casa de la tía March. Meg trató de hacerla entrar en razón, rogó y, por último, le ordenó que obedeciera. Todo fue en vano. Amy insistió en que no iría y Meg abandonó la lucha y fue en busca de Hannah para pedir consejo. Antes de que volviera, Laurie llegó y encontró a Amy hecha un mar de lágrimas en la sala, con la cabeza escondida entre los cojines del sofá. La jovencita le contó lo que ocurría con la esperanza de que él la consolara, pero Laurie no dijo nada, se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar en círculos, silbando, pensativo y con el entrecejo fruncido. Luego se sentó a su lado y dijo, con su tono más mimoso:

—Vamos… Sé una mujercita razonable y haz lo que te piden. No; no llores, escucha qué plan tan divertido se me acaba de ocurrir. Si vas a casa de la tía March, yo iré cada día a buscarte para dar un paseo en coche o a pie y lo pasaremos en grande. ¿No te parece mucho mejor que quedarte aquí deprimida?

—No me gusta que me echen como si fuese un estorbo —dijo Amy, con voz dolida.

—¡Por Dios, criatura! ¡Lo hacen para que no enfermes! ¿Acaso preferirías sentirte mal?


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