Mujercitas
Mujercitas Amy estaba a punto de llorar, pero Laurie, sin que nadie le viera, tiró de la cola al loro Polly, que lanzó un agudo graznido y gritó: «¡Por mis botas!», con tanta gracia que la niña se echó a reír.
—¿Qué sabes de tu madre? —preguntó la anciana bruscamente.
—Papá está mucho mejor —contestó Jo intentando mantener la compostura.
—¿Ah, sí? Bueno, no creo que dure. A March siempre le faltó aguante.
—¡Ja, ja! ¡Nunca digas que no! ¡Toma rapé! Adiós, adiós —gritó Polly mientras bailaba sobre el respaldo de la silla; al final, clavó las uñas al gorro de la señora March, mientras Laurie le azuzaba por detrás.
—¡Vigila esa lengua, pajarraco maleducado! Y tú, Jo, será mejor que te vayas ya; no es propio de una señorita andar dando vueltas a estas horas con un muchacho tan atolondrado…
—¡Vigila esa lengua, pajarraco maleducado! —chilló Polly, y saltó de la silla para lanzarse a picotear al «muchacho atolondrado», que no podía dejar de reír.
No creo que pueda soportarlo, pero tendré que intentarlo, se dijo Amy cuando se quedó a solas con la tía March.