Mujercitas
Mujercitas Entretanto, ella guardaba cama, con la vieja muñeca Joanna a su lado, porque ni en los peores momentos podía olvidar a su querida protégée. Echaba de menos a sus gatos, pero no dejó que se los llevaran para que no enfermasen, y cuando se encontraba mejor, sufría por Jo. Enviaba mensajes afectuosos a Amy, las hizo prometer que dirían a su madre que volvería a escribirle en breve y, a menudo, rogaba que le dejasen un lápiz y una hoja para enviar unas líneas a su padre, a fin de que no pensase que le había olvidado. Sin embargo, aquella fase en la que recuperaba la conciencia durante intervalos no duró demasiado; la joven pasaba horas incoherentes, temblando y sacudiéndose, pronunciando frases delirantes o caía en un sueño profundo pero nada reparador. El doctor Bangs la visitaba dos veces al día, Hannah la velaba toda la noche, Meg guardaba en el cajón de su escritorio un telegrama listo para ser enviado en cualquier momento y Jo no se separaba de Beth.
El 1 de diciembre fue un día de invierno especialmente frío, en el que el viento sopló con fuerza y la nieve cayó con furia, como si el año se preparase para morir. Aquella mañana, cuando el doctor Bangs fue a visitar a Beth, la observó detenidamente, sostuvo su ardiente mano entre las suyas unos segundos, la dejó de nuevo sobre la cama con dulzura y murmuró mirando a Hannah: