Mujercitas
Mujercitas —Si la señora March puede dejar solo a su esposo, sería bueno pedirle que regresara.
Hannah asintió con un gesto, pero de sus temblorosos labios no salió una sola palabra. En cuanto Meg escuchó tan terribles palabras, se derrumbó sobre la silla, como si le fallasen las fuerzas de pronto, y Jo, tras permanecer inmóvil, pálida, durante unos segundos, corrió a la sala, cogió el telegrama que ya estaba preparado, se lo guardó en el bolso y salió para enviarlo en plena tormenta. Regresó enseguida y, mientras se quitaba el abrigo sin hacer ruido, entró Laurie con una carta en la que la señora March anunciaba que el señor March seguía mejorando. Jo leyó la noticia agradecida, pero con una expresión tan abatida que Laurie preguntó:
—¿Qué ocurre? ¿Beth ha empeorado?
—He mandado llamar a mamá —explicó Jo, tirando de sus botas de goma con semblante trágico.
—¡Bien hecho, Jo! ¿Ha sido idea tuya? —preguntó Laurie. Al ver que a la muchacha le temblaban las manos, la sentó en una butaca del vestíbulo y la ayudó a quitarse las botas.
—No, el médico nos aconsejó que lo hiciésemos.
—¡Oh, Jo! ¿Tan grave está? —exclamó Laurie con cara de sorpresa.