Mujercitas
Mujercitas —SÃ. No nos reconoce, ni siquiera habla ya de las hojas de la parra, que ha estado tomando por tórtolas verdes todo este tiempo. No parece ella y no tenemos a nadie que nos ayude a hacer frente a la situación. Tanto mamá como papá están lejos. Incluso Dios me parece tan fuera de mi alcance ahora que no soy capaz de encontrarlo.
—Yo estoy aquÃ, Jo; abrázate a mÃ, querida.
Ella no podÃa hablar, pero se abrazó a él y le pareció que aquel afectuoso y cálido abrazo de amigos consolaba a su doliente corazón y la acercaba a aquellos otros brazos, los de Dios, que eran los únicos que podÃan sostenerla en medio de tanta pena. Laurie querÃa decir algo amable que ayudara a su amiga, pero al no dar con las palabras adecuadas decidió guardar silencio y acariciarle la cabeza como solÃa hacer su madre. Y fue lo mejor, mucho más reconfortante que el discurso más elocuente, porque Jo sintió su apoyo y compasión, y en aquel silencio conoció el dulce consuelo que el cariño procura en los momentos de pesar. Se secó las lágrimas, un poco más aliviada, y levantó la vista agradecida.
—Gracias, Teddy, ya estoy mejor; ya no me siento tan triste y trataré de afrontar lo que venga.
—ConfÃa en que todo saldrá bien, eso te ayudará mucho, Jo. Tu madre volverá pronto y entonces todo irá mejor.