Mujercitas
Mujercitas —Me alegra mucho que papá se esté recuperando; asà mamá no se sentirá mal al tener que dejarle solo. ¡Dios mÃo! Es como si todos los problemas hubiesen llegado de golpe y siento que llevo una pesada carga sobre los hombros. —Jo dejó escapar un suspiro y extendió su pañuelo blanco sobre sus rodillas para que se secara.
—¿Acaso Meg no te ayuda lo suficiente? —preguntó Laurie con aire indignado.
—SÃ, claro que sÃ, pero ella no quiere a la pequeña Beth como yo, ni la echarÃa tanto de menos si faltase. Beth es mi conciencia y no puedo abandonarla. ¡No puedo! ¡No puedo! Jo se cubrió el rostro con el pañuelo húmedo y lloró desesperadamente; hasta ese momento habÃa contenido las lágrimas con coraje. Laurie se tapó los ojos con las manos y no pudo decir nada hasta que se deshizo el nudo que tenÃa en la garganta y sus labios dejaron de temblar. Tal vez no resultase muy viril, pero no podÃa evitarlo, y yo me alegro. Cuando Jo se tranquilizó un poco, el joven dijo, esperanzado:
—No creo que muera, es demasiado buena y todos la queremos mucho. Dios no se la llevará todavÃa.
—La gente buena y querida siempre muere —gimió Jo, pero dejó de llorar porque, a pesar de su miedo y sus dudas, las palabras de su amigo la habÃan tranquilizado.