Mujercitas
Mujercitas —¡Pobrecilla! Estás agotada. No es propio de ti estar tan triste. Espera un segundo, te animaré enseguida.
Laurie subió las escaleras de dos en dos y Jo reposó su cansada cabeza sobre el gorrito marrón que Beth habÃa dejado encima de la mesa y nadie se habÃa atrevido a tocar. Tal vez estuviese encantado, porque fue como si el espÃritu animoso de su gentil dueña se apoderase de Jo y, cuando Laurie volvió con un vaso de vino, la joven lo cogió y dijo con una sonrisa:
—¡Qué diantre! Beberé a la salud de Beth. Eres un buen médico, Teddy, y el mejor de los amigos. ¿Cómo podré pagarte? —preguntó mientras el vino reconfortaba su cuerpo como las palabras habÃan hecho con su espÃritu.
—Te mandaré la factura enseguida. Y esta noche te daré algo que te animará mucho más que un vaso de vino —explicó Laurie mirándola con emoción contenida.
—¿De qué se trata? —exclamó Jo, y la curiosidad borró en un segundo su preocupación.
—Ayer le envié un telegrama a tu madre y Brooke me contestó diciendo que salÃa de inmediato y llegarÃa a casa hoy por la noche. Asà que todo va a ir bien. ¿No te alegras de que le escribiera?