Mujercitas
Mujercitas Laurie hablaba atropelladamente y se había puesto rojo de emoción. Había mantenido en secreto su plan por miedo a enojar a las chicas o incomodar a Beth. Jo palideció, se levantó precipitadamente de la silla y, en cuanto Laurie terminó de hablar, se abrazó con fuerza a su cuello y exclamó dichosa:
—¡Oh, Laurie! ¡Mamá! ¡Estoy tan contenta! —Y en lugar de volver a llorar, empezó a reír de nervios y a temblar, y se agarró a su amigo como si hubiese enloquecido con la noticia. Laurie, aunque algo desconcertado, conservó la calma. Le dio unas palmadas en la espalda para tranquilizarla y, en cuanto Jo empezó a reaccionar, siguió con un par de tímidos besos que la hicieron volver en sí de inmediato. Jo se apoyó en el pasamanos, se separó suavemente y dijo sin aliento:
—¡Oh, no! No debía actuar de este modo. ¡Qué barbaridad! Es que me ha alegrado tanto que no le hicieras caso a Hannah y le mandases ese telegrama a mamá que no me he podido contener. Cuéntamelo todo y no me des vino nunca más; ya ves el resultado.