Mujercitas
Mujercitas —¡No me molesta! —Laurie se echó a reÃr y se colocó bien la corbata—. Verás, estaba muy preocupado, y mi abuelo también. Pensamos que Hannah se estaba atribuyendo una autoridad que no le correspondÃa y que tu madre debÃa saber cómo estaba Beth. Si llegase a pasar algo, ya sabes… Ella no nos lo perdonarÃa. Ayer, al ver que el médico estaba tan serio y Hannah casi me arranca la cabeza al mencionar la posibilidad de enviar el telegrama, convencà al abuelo de que era hora de intervenir y fui corriendo a la oficina de correos. No soporto que me oculten cosas, eso fue lo que me decidió a actuar. Tu madre volverá hoy, el último tren llega a las dos de la noche, iré a buscarla. Contén tu angustia y ocúpate de que Beth esté tranquila, hasta que tu querida madre regrese.
—Laurie, ¡eres un ángel! ¿Cómo podré agradecértelo?
—Abrázame de nuevo; la verdad es que me ha gustado —contestó Laurie con una expresión picara que llevaba dos semanas sin emplear.
—No, gracias. Mejor abrazo a tu abuelo por ti, cuando le vea. Venga, en lugar de burlarte de mÃ, ve a casa y descansa, porque tendrás que estar despierto hasta tarde. ¡Dios te bendiga, Teddy!