Mujercitas
Mujercitas Meg se alegró mucho y leyó varias veces la carta en silencio, mientras Jo ordenaba el cuarto de Beth y Hannah preparaba un par de tartas por si llegaba «alguna visita inesperada». Fue como si un soplo de aire fresco recorriese la casa y una luz mejor que la del sol iluminase las habitaciones silenciosas y lo llenase todo de esperanza. El pájaro de Beth volvió a piar y en el rosal de la ventana de Amy apareció un capullo a medio abrir. El fuego de la chimenea crepitaba con inusual alegría y los pálidos rostros de las muchachas se iluminaron con una sonrisa mientras se abrazaban las unas a las otras susurrando animadas: «¡Viene mamá, querida! ¡Viene mamá!». Todas se alegraron salvo Beth, que seguía postrada, sumida en un profundo sopor, tan ajena a la esperanza y el júbilo como a la duda y al peligro. Daba lástima verla: tenía el rostro, habitualmente sonrosado, pálido y carente de expresión; las manos, siempre tan activas, débiles y delgadas; los labios, por lo general sonrientes, entreabiertos, y el cabello, siempre tan hermoso y cuidado, enredado y esparcido sobre la almohada. Pasó así todo el día, y solo de vez en cuando se despertaba para pedir agua, con los labios tan resecos que casi no podía hablar. Jo y Meg estuvieron junto a su lecho sin dejar de mirarla, rogando a Dios y confiando en su madre. En todo el día no paró de nevar y el viento sopló con fuerza. Las horas parecían eternas. Pero la noche llegó al fin, y cada vez que el reloj daba la hora, las hermanas, sentadas en la cama, se miraban con los ojos brillantes, conscientes de que cada vez la ayuda estaba más próxima. El médico había advertido que la paciente experimentaría algún cambio, para mejor o para peor, alrededor de la medianoche, momento en que pasaría a visitarla.