Mujercitas

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En ese instante, dieron las doce y ambas se concentraron en Beth porque les pareció ver un cambio en la expresión de su lánguido rostro. En la casa reinaba un silencio sepulcral que solo rompía el sonido del viento. Hannah, rendida, seguía durmiendo, y solo las dos hermanas vieron la tenue sombra que pareció abatirse sobre el lecho de la pequeña. En la hora siguiente no hubo más novedad que la partida de Laurie hacia la estación. Pasó una hora más sin que nadie llegase. Las pobres muchachas empezaron a temer que la tormenta o un accidente hubieran retrasado el regreso de su madre o, peor aún, que una desgracia en Washington le hubiese impedido partir.

Pasadas las dos, Jo, que miraba por la ventana pensando cuan sombrío parecía el mundo cubierto por aquel manto de nieve, oyó movimiento junto a la cama y se volvió de inmediato. Vio a Meg arrodillada ante la butaca de su madre, con la cabeza entre las manos. La joven tuvo un terrible presentimiento. Beth ha muerto y Meg no se atreve a decírmelo.






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