Mujercitas
Mujercitas Volvió a su puesto y observó con asombro que se había producido un cambio. El enrojecimiento de la fiebre y la expresión de dolor habían desaparecido, y el rostro amado, aunque pálido, tenía un aspecto tan sereno que Jo no sintió deseos de llorar ni de lamentarse. Se inclinó sobre su querida hermana, le besó la frente húmeda con el corazón en los labios y susurró con dulzura:
—Adiós, mi Beth, adiós.
Hannah despertó como sobresaltada por el movimiento, fue hacia la cama, miró a Beth, le tocó las manos, escuchó su respiración y, a continuación, lanzó el delantal por encima de su cabeza, se sentó y, meciéndose hacia delante y hacia atrás, murmuró casi sin aliento:
—Ya no tiene fiebre y duerme. Ha empezado a sudar y respira con normalidad. ¡Alabado sea el Señor!
Antes de que las muchachas pudiesen creer la feliz noticia, acudió el médico, que confirmó el diagnóstico de Hannah. Aunque era un hombre corriente, les pareció que su rostro tenía algo de angelical cuando, con una sonrisa paternal, les dijo:
—Sí, queridas, creo que la pequeña se salvará. No hagáis ruido para que pueda dormir y, cuando se despierte, dadle…