Mujercitas
Mujercitas Las dos jóvenes no oyeron el final de la frase. Salieron al oscuro rellano y, sentadas en las escaleras, se abrazaron, con el corazón tan lleno de alegría que no cabían las palabras. Cuando volvieron a entrar, la fiel Hannah las recibió con besos y abrazos, y vieron que Beth estaba tumbada, como solía antes de enfermar, de lado, con la mejilla apoyada en la mano, sin la terrible palidez de los últimos días, respirando con placidez, como si acabase de dormirse.
—¡Si mamá llegase ahora! —dijo Jo mientras la noche invernal empezaba a languidecer.
—Mira. —Meg le mostró una rosa blanca a medio abrir—. Pensaba ponerla en la mano de Beth si nos dejaba esta noche, pero la flor se ha abierto. La pondré en un jarrón para que lo primero que nuestra querida hermana vea al despertar sea esta pequeña rosa y el rostro de mamá.
Nunca antes los somnolientos ojos de Meg y Jo habían visto un amanecer tan hermoso ni el mundo les había parecido un lugar tan adorable como aquella mañana que puso fin a una vigilia larga y triste.
—Parece un paisaje de cuento de hadas —comentó Meg, sonriendo para sí, mientras contemplaba desde detrás de la cortina la deslumbrante vista.
—¡Escucha! —exclamó Jo levantándose de golpe.