Mujercitas

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19 EL TESTAMENTO DE AMY

Mientras en casa ocurrían esas cosas, Amy pasaba muy malos tragos en la de la tía March. El destierro le resultaba muy duro y, por primera vez, se dio cuenta de cuánto la querían y mimaban en su hogar. La tía March no mimaba nunca a nadie, no le parecía correcto, pero intentaba ser amable, pues la niña, con sus buenos modales, le gustaba mucho y, aunque no le pareciese bien reconocerlo, tenía debilidad por las hijas de su sobrino. Se esforzó por hacer a Amy la estancia más agradable pero, pobrecilla, ¡metía la pata sin parar! Algunas personas mayores, a pesar de las arrugas y las canas, se mantienen jóvenes de espíritu y pueden compartir las alegrías y los juegos de los niños, inspirarles confianza y entablar con ellos una tierna amistad, pero la tía March no tenía ese don y sus normas y órdenes, sus remilgados modales y sus largos y aburridos sermones ponían muy nerviosa a Amy. Al observar que la niña era más dócil y afable que su hermana, la anciana se sintió en la obligación de contrarrestar, en la medida de lo posible, los efectos nocivos del exceso de libertad e indulgencia que reinaban en el hogar de la pequeña. Tomó a Amy bajo su tutela y se propuso educarla como habían hecho con ella, sesenta años atrás, para desesperación de Amy, que se sentía como una mosca atrapada en una tela de araña de intransigencia.


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