Mujercitas
Mujercitas 
Mientras en casa ocurrÃan esas cosas, Amy pasaba muy malos tragos en la de la tÃa March. El destierro le resultaba muy duro y, por primera vez, se dio cuenta de cuánto la querÃan y mimaban en su hogar. La tÃa March no mimaba nunca a nadie, no le parecÃa correcto, pero intentaba ser amable, pues la niña, con sus buenos modales, le gustaba mucho y, aunque no le pareciese bien reconocerlo, tenÃa debilidad por las hijas de su sobrino. Se esforzó por hacer a Amy la estancia más agradable pero, pobrecilla, ¡metÃa la pata sin parar! Algunas personas mayores, a pesar de las arrugas y las canas, se mantienen jóvenes de espÃritu y pueden compartir las alegrÃas y los juegos de los niños, inspirarles confianza y entablar con ellos una tierna amistad, pero la tÃa March no tenÃa ese don y sus normas y órdenes, sus remilgados modales y sus largos y aburridos sermones ponÃan muy nerviosa a Amy. Al observar que la niña era más dócil y afable que su hermana, la anciana se sintió en la obligación de contrarrestar, en la medida de lo posible, los efectos nocivos del exceso de libertad e indulgencia que reinaban en el hogar de la pequeña. Tomó a Amy bajo su tutela y se propuso educarla como habÃan hecho con ella, sesenta años atrás, para desesperación de Amy, que se sentÃa como una mosca atrapada en una tela de araña de intransigencia.

