Mujercitas
Mujercitas A partir de ese día, fue un modelo de obediencia y la anciana señora quedó admirada de los avances en su formación. Esther instaló una mesita en el vestidor, colocó un escabel delante y un cuadro que encontró en uno de los dormitorios cerrados con llave. El cuadro no era de gran valor, pensó, pero contenía la imagen apropiada, de modo que lo tomó prestado, convencida de que madame no llegaría a enterarse y, de hacerlo, no le importaría. Sin embargo, resultó ser una valiosa copia de una de las obras más famosas del mundo y Amy, gran amante de la belleza, no se cansaba de contemplar el dulce rostro de la Virgen mientras pensaba en su madre con gran ternura. Puso sobre la mesa su pequeño ejemplar del Nuevo Testamento y su libro de himnos, además de un jarrón con flores frescas que Laurie le traía, e iba a diario «a pasar un rato a solas, pensar en cosas buenas y pedirle a Dios que ayudase a su hermana». Esther le había dado un rosario de cuentas negras con una cruz de plata, pero Amy lo colgó y nunca lo usaba, porque no estaba segura de que tuviese cabida en sus oraciones protestantes.