Mujercitas

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Mientras tanto, Laurie fue a animar a Amy. Relató lo ocurrido con tanta gracia que hasta la tía March se emocionó y no dijo ni una sola vez «te lo advertí». En aquella ocasión, Amy mostró gran entereza, como si los buenos pensamientos albergados en su capillita empezasen a dar fruto. Se secó las lágrimas enseguida, controló su impaciencia por ver a su madre y en ningún momento pensó en el anillo de turquesa cuando la anciana tía March convino con Laurie en que se había comportado «como una auténtica mujercita». Hasta Polly parecía impresionado; la llamó «buena chica», bendijo sus botones y le rogó «sal conmigo a dar una vuelta, querida» con su tono más afable. De buena gana hubiese salido a disfrutar del sol invernal, pero al ver que Laurie se caía de sueño, por mucho que se esforzase por disimularlo, le convenció de que durmiera un rato en el sofá mientras ella escribía una nota a su madre. Empleó largo rato en hacerlo y, cuando volvió a la sala, encontró a su amigo recostado, con la cabeza apoyada en los brazos, profundamente dormido, y a la tía March, que había corrido las cortinas, sentada sin hacer nada, con una benevolencia desacostumbrada en ella.





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