Mujercitas
Mujercitas —Recibà la primera carta por medio de Laurie, que no parecÃa estar al corriente de nada —comenzó Meg, sin alzar la mirada—. Al principio, me preocupé y pensaba comentártelo, pero luego recordé que apreciabas al señor Brooke y me dije que no te importarÃa que mantuviese el asunto en secreto unos cuantos dÃas. Soy tan tonta que supuse que nadie sospechaba nada y, mientras pensaba en una respuesta, me sentà como las muchachas de las novelas que se enfrentan a cosas asÃ. Perdóname, madre. He pagado cara mi estupidez, ya no podré volver a mirarle a la cara nunca más.
—¿Qué le contestaste? —preguntó la señora March.
—Solo le dije que era demasiado joven para decidir nada al respecto, que no querÃa tener secretos con vosotros y que él debÃa hablar con papá. Que le agradecÃa su amabilidad y que, por una larga temporada, solo podÃa ofrecerle mi amistad.
La señora March sonrió aliviada y Jo aplaudió y exclamó entre risas:
—¡Eres un modelo de prudencia! Sigue, Meg, ¿qué pasó después?
—Me contestó en un tono muy distinto; decÃa que no me habÃa mandado ninguna carta de amor y que sentÃa mucho que mi traviesa hermana Jo se tomara tales libertades con nuestros nombres. Fue muy amable y considerado, pero ¡imaginad lo terrible que resultó para mÃ!