Mujercitas

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El abuelo desarrugó un poco el entrecejo al empujar la escalerilla hacia el estante en el que guardaba las obras de Johnson. Jo se subió y, sentada en el último peldaño, fingió buscar el libro, aunque en realidad trataba de encontrar la mejor manera de abordar el espinoso motivo de su visita. El señor Laurence debió de sospechar que la joven tenía algo más en mente porque, después de dar varias zancadas por la habitación, se volvió hacia ella y habló con tal brusquedad que el ejemplar de Rasselas que Jo tenía en las manos cayó al suelo boca abajo.

—¿Qué ha hecho Laurie? No le protejas más. ¡Venga! Por su forma de comportarse al volver a casa, sé que se trata de algo malo. No consigo que suelte prenda y, cuando le amenacé con sacarle la verdad por la fuerza, escapó escaleras arriba y se encerró en su cuarto.

—Sí, hizo algo malo, pero ya le hemos perdonado y hemos convenido guardar silencio al respecto —explicó Jo a regañadientes.

—Eso no me sirve. No permitiré que se escude en una promesa arrancada abusando de vuestros tiernos corazones. Si ha cometido algún atropello, debe confesarlo, pedir perdón y recibir su castigo. ¡Dímelo todo, Jo! Esto no debe quedar en la sombra.


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