Mujercitas
Mujercitas —No seas malo, no sigas. Siéntate y reflexiona sobre tus pecados en lugar de incitarme a cometerlos a mÃ. Si consigo que tu abuelo te pida perdón por zarandearte, ¿abandonarás tus planes de huida? —preguntó Jo, muy serÃa.
—SÃ, pero no lo lograrás —contestó Laurie, que ansiaba hacer las paces pero no querÃa ser el primero en dar el brazo a torcer.
—Si puedo con el joven, podré con el mayor —musitó Jo mientras salÃa del estudio, donde dejó a Laurie mirando un plano de rutas de trenes con la barbilla apoyada en las manos.
—¡Adelante! —dijo el anciano señor Laurence, con la voz más bronca que de costumbre, cuando Jo llamó a la puerta.
—Soy yo, señor, he venido a devolver un libro —dijo ella, con dulzura, al entrar en la sala.
—¿Quieres otro? —preguntó el anciano caballero tratando de disimular su incomodidad y su enfado.
—SÃ, por favor, me encanta el viejo Sam. Me gustarÃa leer la segunda parte —comentó Jo con la esperanza de ganarse al anciano aceptando una segunda dosis de Boswell’s Johnson, que tan vivamente le habÃa recomendado.