Mujercitas
Mujercitas Por un momento, pareció que Jo iba a acceder, ya que, por descabellado que fuese el plan, le apetecía mucho. Estaba cansada de cuidar de otros y de estar encerrada, anhelaba un cambio y, además del deseo de ver a su padre, le tentaba la sensación de libertad y emoción que asociaba con los campamentos y hospitales debido a sus lecturas. Le brillaban los ojos pero, al mirar por la ventana, vio su viejo hogar y meneó la cabeza con triste determinación.
—Si fuese un chico, me escaparía contigo y lo pasaríamos en grande, pero soy una pobre chica y he de comportarme con propiedad y volver a casa. No me tientes, Teddy. Es un plan descabellado.
—¡Ahí está la gracia! —repuso Laurie, que estaba entusiasmado y tenía ganas de traspasar límites a cualquier precio.
—¡No sigas! —exclamó Jo tapándose los oídos—. Me podrías convencer. He venido para hacerte entrar en razón, no para que me hagas perderla a mí.

—Sé que Meg no aceptaría nunca una propuesta semejante, pero pensaba que tú tenías más espíritu de aventura —dijo Laurie con intención de provocarla.