Mujercitas
Mujercitas —¡Vaya! Bueno, si es verdad que el silencio del muchacho se debe a una promesa, no a su obstinación, le perdonaré. Es un joven terco y un tanto rebelde —comentó el señor Laurence, y se rascó la cabeza hasta quedar tan despeinado como si hubiese soplado un vendaval, aunque suavizó notablemente el entrecejo.
—Yo soy igual, pero, para convencerme, es mejor una palabra amable que la fuerza de todo un ejército —dijo Jo, saliendo en defensa de su amigo, que apenas salía de un lío para meterse en otro.
—Piensas que no soy amable con él, ¿verdad? —replicó el anciano con dureza.
—¡Oh, Dios mío! No, señor; creo que a veces es incluso demasiado amable, pero cuando Laurie pone a prueba su paciencia enseguida monta en cólera, ¿no le parece?
Jo estaba resuelta a llegar hasta el final y, aunque trataba de aparentar calma, estaba algo asustada tras haber hablado sin tapujos. Para su sorpresa y alivio, el anciano se limitó a quitarse los lentes y arrojarlos sobre la mesa, y dijo con franqueza:
—¡Tienes razón, jovencita! Es cierto. Quiero mucho al muchacho, pero me saca de mis casillas y Dios sabe cómo acabaremos si esto sigue como hasta ahora.