Mujercitas
Mujercitas —Yo estoy igual —añadió Amy, que contemplaba embelesada el grabado de la Virgen y el Niño bellamente enmarcado que su madre le habÃa regalado.
—¡Por supuesto, yo también! —exclamó Meg mientras alisaba los plateados pliegues de su falda de seda, que el señor Laurence habÃa insistido en regalarle.
—¿Acaso podrÃa sentirme yo de otro modo? —intervino la señora March, agradecida, mientras su mirada iba de la carta de su marido al rostro sonriente de Beth y su mano acariciaba el broche de cabellos grises, dorados, castaños y negros que sus hijas acababan de colocarle en el pecho.
De vez en cuando, en este mundo rutinario, las cosas se dan como en un cuento y eso supone una gran alegrÃa. Media hora después de que todas hubiesen declarado ser tan felices que no podrÃan soportar ni una gota más de dicha, la gota llegó. Laurie abrió la puerta de la sala y asomó la cabeza sin hacer ruido. ParecÃa que acabase de dar un salto mortal, o de proferir un grito de guerra indio; su rostro rebosaba de emoción contenida y su voz transmitÃa tal alegrÃa que todas saltaron de sus asientos aunque lo único que dijo, con un tono extraño y casi sin aliento, fue:
—Otro regalo de Navidad para la familia March.