Mujercitas
Mujercitas No había terminado de pronunciar la frase cuando se hizo a un lado y dio paso a un señor alto, abrigado hasta las orejas, que se apoyaba en el brazo de otro hombre y trataba en vano de decir algo. Por supuesto, se produjo una estampida generalizada. Durante varios minutos, todos parecieron enloquecer e hicieron las cosas más raras sin que nadie comentase nada. El señor March desapareció en el abrazo de cuatro pares de brazos cariñosos. Jo se hizo daño al caer desmayada y Laurie hubo de ejercer de médico y atenderla en la despensa. El señor Brooke dio un beso a Meg pero, según balbuceó, lo había hecho por error. Y Amy, la digna, tropezó, cayó al suelo y, en lugar de levantarse, se quedó llorando y gritando de alegría abrazada a las botas de su padre en un gesto enternecedor.
La señora March, que fue la primera en recuperar el control de sí, levantó la mano para pedir silencio y dijo:
—¡No hagáis ruido! ¡Acordaos de Beth!
Pero ya era demasiado tarde. La puerta del estudio se abrió y la pequeña apareció en el umbral, con su bata roja. La alegría había dado fuerza a sus debilitadas piernas, y Beth corrió a los brazos de su padre. En esos momentos, a nadie le preocupaba nada. Los corazones estaban rebosantes de una alegría que borraba el amargo pasado y dejaba solo la dulzura del momento presente.