Mujercitas
Mujercitas —¡Detesto a los jóvenes formales con ojos marrones!
Aquélla fue la mejor comida de Navidad de sus vidas. El grueso pavo era digno de ser visto, relleno, dorado y bien presentado. El delicioso pudin se derretÃa en la boca y las mermeladas hicieron las delicias de Amy. Todo salió de maravilla, lo que era un auténtico milagro, según comentó Hannah, porque, con la emoción, a punto habÃa estado de asar el pudin y rellenar el pavo con pasas envueltas en un paño.
El señor Laurence y su nieto cenaron con ellos, al igual que el señor Brooke, a quien Jo miraba con expresión ceñuda, para infinito regocijo de Laurie. Colocaron dos butacas en la cabecera de la mesa, donde se acomodaron Beth y su padre, que disfrutaron de un festÃn más frugal a base de pollo y fruta. Todos bebieron, explicaron anécdotas, cantaron, contaron batallitas y lo pasaron en grande. HabÃan planeado dar un paseo en trineo, pero las muchachas no estaban dispuestas a separarse de su padre. Los invitados se retiraron pronto y, con la puesta de sol, la familia al completo se reunió en torno a la chimenea.
—Ahora hace un año, nos lamentábamos de la triste Navidad que nos aguardaba. ¿Os acordáis? —preguntó Jo rompiendo el corto silencio que habÃa llegado tras hablar largamente de todo un poco.