Mujercitas
Mujercitas —Es tan pequeña que no me atrevo a hablar demasiado, por miedo a que corra a esconderse, aunque ya no es tan tÃmida como antes —comentó el padre con alegrÃa. Luego, al recordar que habÃa estado a punto de perderla, la abrazó fuerte y dijo, con ternura, pegando la mejilla a la suya—; Estás a salvo, mi Beth, y yo haré que sigas asÃ, con la ayuda de Dios.
Tras unos minutos de silencio, el señor March miró a Amy, que estaba sentada a sus pies, y acariciando su brillante melena dijo:
—He visto que Amy se conformó con el muslo en la comida, que pasó la tarde haciendo recados para mamá, que cedió su lugar a Meg esta noche y que sirvió a todos con buen humor y paciencia. También he observado que ya no se queja ni se da aires, y ni siquiera ha mencionado el precioso anillo que lleva puesto. Asà pues, deduzco que ha aprendido a pensar más en los demás y menos en sà misma, y que ha decidido modelar su carácter con el mismo cuidado con que modela sus figuritas de arcilla. Me alegra y, aunque contemplar una hermosa escultura hecha por ella me llenarÃa de orgullo, me siento infinitamente más orgulloso de tener una hija adorable, capaz de hacer más grata su vida y la de otros.
—¿En qué estás pensando, Beth? —preguntó Jo después de que Amy diese las gracias a su padre y le explicase cómo habÃa conseguido el anillo.