Mujercitas

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—A pesar del corte de pelo, ya no veo a mi «hijo» Jo, al que dejé hace un año —prosiguió el señor March—, sino a una muchachita que se coloca bien el cuello del vestido, se ata las botas con elegancia y no silba, no dice palabras vulgares ni se tumba en la alfombra como acostumbraba. Su tez es algo más pálida, y su rostro, más delgado debido a las penalidades y la ansiedad, pero me gusta lo que veo porque es más amable y habla con voz más queda. Ya no salta, sino que camina con gracia y cuida de cierta personita como una auténtica madre. Eso me encanta. Echo de menos a la muchacha rebelde, pero si en su lugar tengo una mujercita fuerte, dedicada y de buen corazón, me siento muy satisfecho. No sé si al esquilarse nuestra ovejita negra se ha vuelto más seria, pero sí sé que no había nada lo suficientemente hermoso en todo Washington para compensar los cinco dólares con veinte centavos que mi muchachita me mandó.

A Jo se le humedecieron los ojos y su fino rostro se sonrojó al calor del fuego, como sabiéndose en parte merecedora de la alabanza de su padre.

—Ahora hablemos de Beth —dijo Amy, ansiosa por que llegara su turno, pero dispuesta a esperar.


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