Mujercitas
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LA TÍA MARCH ZANJA LA CUESTIÓNAl día siguiente, madre e hijas revoloteaban alrededor del señor March como abejas cuidando a su reina. Lo dejaban todo por atenderle, servirle y escucharle, hasta el punto de que el enfermo corría el riesgo de morir por un exceso de ternura. Solía sentarse en una butaca junto al sofá en el que descansaba Beth, las demás permanecían siempre cerca y Hannah asomaba la cabeza de vez en cuando para «echarle un vistazo al querido señor». Su felicidad parecía completa. Pero aún faltaba algo, y las mayores lo sentían, aunque no lo reconociesen. El señor y la señora March intercambiaban miradas de inquietud cuando veían a Meg. Jo se ponía muy seria a ratos y la habían visto amenazar con el puño al paraguas que el señor Brooke se había dejado en el vestíbulo. Meg estaba siempre ensimismada, tímida y callada, se sobresaltaba cuando alguien llamaba al timbre y se ruborizaba si se mencionaba el nombre de John. Amy comentó que todos parecían esperar algo y estar intranquilos, lo que le resultaba incomprensible ahora que su padre estaba nuevamente en casa. Y Beth, ingenua, se preguntaba por qué los vecinos no les visitaban tanto como antes.

