Mujercitas
Mujercitas Laurie pasó por allí aquella tarde y, al ver a Meg junto a la ventana, montó una escena melodramática: se hincó de rodillas en la nieve, se golpeó el pecho, se mesó el cabello y juntó las manos en un gesto implorante, como si pidiese un milagro. Cuando Meg le dijo que se comportase y la dejase tranquila, el joven fingió llorar amargamente y secarse las lágrimas con su pañuelo, y luego dobló la esquina tambaleante como si fuera presa de una gran desesperación.
—¿Qué querrá decir ese ganso? —preguntó entre risas Meg, haciéndose la inocente.
—Te muestra lo que tu John hará cada vez más. ¿No te resulta conmovedor? —dijo Jo con sorna.
—No le llames «mi John»; no es cierto ni resulta apropiado. —No obstante Meg pronunció aquellas palabras como si, en verdad, le gustase cómo sonaban—. Por favor, Jo, no me des la lata. Ya te he dicho que no me interesa tanto ese hombre, no hay nada de qué hablar, pero creo que deberíamos seguir siendo amables con él como hasta ahora.