Mujercitas

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—No podemos porque sí hay algo de qué hablar y después de la travesura de Laurie has cambiado mucho. Para mí es evidente, y para mamá, también. Ya no eres la de antes y te noto muy distante conmigo. No pretendo darte la lata y aguantaré lo que venga como un hombre, pero preferiría que todo estuviese ya arreglado. Detesto esperar. Así que, si tienes pensado hacerlo, date prisa y hazlo cuanto antes —dijo Jo, malhumorada.

—No puedo decir ni hacer nada hasta que él dé el primer paso, y no lo hará porque papá ha dicho que soy demasiado joven —repuso Meg, y se inclinó sobre la costura con una sonrisita que daba a entender que no estaba de acuerdo con su padre sobre ese asunto.

—Si se decidiese a pedir tu mano, no sabrías qué decir. Te echarías a llorar, te sonrojarías o le dejarías salirse con la suya en lugar de contestar con un buen y rotundo «no».

—No soy tan tonta ni tan débil como piensas. Sé muy bien la que contestaría, le he dado muchas vueltas, así que no me pillaría desprevenida. Nunca se sabe lo que puede ocurrir y es mejor estar preparada.

Jo no pudo evitar sonreír ante el aire de importancia que había adoptado su hermana sin darse cuenta y que la favorecía tanto como el hermoso toque rosado que había aflorado a sus mejillas.

—¿Te importaría contarme qué le contestarías? —preguntó con mayor respeto.


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