Mujercitas
Mujercitas El momento del discurso tranquilo y digno habÃa llegado, pero Meg no podÃa hacerlo. Aquellas frases se borraron de su memoria, bajó la cabeza y contestó «No lo sé» en voz tan baja que John tuvo que inclinarse para captar la breve respuesta.
Debió de considerar que el esfuerzo habÃa valido la pena, porque sonrió satisfecho, apretó agradecido la blanca mano y dijo con tono persuasivo:
—¿Intentará averiguarlo? Me gustarÃa mucho conocer la respuesta. Estoy dispuesto a trabajar de firme y me gustarÃa saber si puedo albergar la esperanza de una recompensa.
—Soy demasiado joven —murmuró Meg sin entender cómo podÃa estar turbada y encantada a un tiempo.
—Esperaré, y tal vez en ese tiempo aprenda a quererme. ¿Cree que será una lección muy dura, querida?
—No, si me lo propongo, pero…
—Por favor, propóngaselo, Meg. Me encanta enseñar y esto es más fácil que el alemán —la interrumpió John tomándole la otra mano para que no pudiese taparse con ella el rostro mientras él se inclinaba a mirarla.