Mujercitas
Mujercitas El señor Brooke parecía tan dolido que Meg pensó que debía de haber sido muy maleducada. Se puso roja hasta las orejas porque él nunca la había llamado Margaret hasta entonces, y le sorprendió descubrir lo natural y dulce que le resultaba oírle pronunciar su nombre. Deseosa de mostrarse amable y tranquila, tendió la mano confiada y dijo, con gratitud:
—¿Cómo podría temerle si ha sido tan bueno con mi padre? Me gustaría poder expresarle mi agradecimiento.

—¿Quiere que le diga cómo? —preguntó el señor Brooke tomando entre sus grandes manos la delicada mano de la joven. Cuando miró a Meg, sus ojos reflejaban tanto amor que el corazón de la joven palpitó con más fuerza, y deseó a un tiempo echar a correr y quedarse a escucharle.
—No, por favor, prefiero no saberlo —dijo, intentando retirar su mano y dando claras muestras del temor que había declarado no sentir.
—No haré nada que la pueda molestar, solo deseo saber si me quiere un poco; yo la amo, querida Meg —añadió el señor Brooke con ternura.