Mujercitas

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Meg, que se había levantado mientras hablaba, parecía a punto de practicar la salida digna cuando el sonido de unos pasos en el vestíbulo la hizo volver a sentarse de golpe y empezar a coser como si su vida dependiese de que entregara la labor hecha en un plazo determinado. Ante tan súbito cambio, Jo contuvo la risa y, al ver que alguien llamaba discretamente a la puerta, fue a abrir con una actitud que era todo menos hospitalaria.

—Buenas tardes, he venido a recoger mi paraguas… Quiero decir, a ver cómo se siente hoy su padre —dijo el señor Brooke, muy nervioso, mientras sus ojos iban de una joven a la otra.

—Se encuentra muy bien, está en el paragüero, iré a buscarlo y le anunciaré su visita. —Y tras mezclar a su padre y al paraguas en su respuesta, Jo se marchó para que Meg pudiese soltar su discurso al joven y adoptar el aire digno que pretendía.

En cuanto se hubo ido, Meg fue hacia la puerta murmurando:

—Mamá querrá verle, le ruego que se siente. Iré a llamarla.

—No se vaya. ¿Acaso me teme, Margaret?


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