Mujercitas
Mujercitas —Es un amigo de papá. ¡Menuda sorpresa verla aquÃ! —balbuceó Meg, presintiendo que iba a tocarle soportar un sermón.
—Eso es evidente —dijo la tÃa March tomando asiento—. Pero ¿qué te estaba diciendo ese amigo de tu padre para que te hayas puesto más roja que un tomate? ¡Aquà está ocurriendo algo malo e insisto en saber de qué se trata! —exclamó mientras daba otro golpe con el bastón.
—Solo estábamos hablando. El señor Brooke vino a recoger un paraguas —explicó Meg deseando que tanto el señor Brooke como su paraguas estuviesen a salvo fuera de la casa.
—¿Brooke? ¿El tutor de ese muchacho? ¡Ah! Ya lo entiendo. Lo sé todo. Jo encontró un mensaje falso en una de las cartas de tu padre; la obligué a contármelo. Niña, no lo habrás aceptado, ¿verdad? —exclamó la tÃa March escandalizada.
—Chist… ¡PodrÃa oÃrla! ¿Quiere que avise a mi madre? —preguntó Meg, muy turbada.
—Aún no. Hay algo que quiero decirte y, cuanto antes, mejor. Dime, ¿no pretenderás casarte con ese infeliz? Si lo haces, no verás un centavo de mi fortuna. No lo olvides y sé razonable, niña —sentenció la anciana con un tono que intimidaba.