Mujercitas
Mujercitas La tÃa March dominaba a la perfección el arte de despertar el espÃritu de la rebelión hasta en la persona más dócil y le encantaba ejercerlo. Incluso la mejor de las personas posee un ápice de perversidad, sobre todo si es joven y está enamorada. Si la tÃa March hubiese rogado a Meg que aceptase al señor Brooke, es probable que la muchacha hubiese respondido que no podÃa siquiera contemplar tal posibilidad pero, puesto que la anciana le habÃa ordenado perentoriamente que no se interesase por él, la joven sintió de inmediato el deseo de llevarle la contraria. El impulso, al igual que la perversidad, precipita las decisiones y Meg, que estaba muy alterada, se opuso a la voluntad de la anciana con una vehemencia poco habitual en ella.
—Me casaré con quien quiera, tÃa March, y usted puede dejar su dinero a quien le plazca —espetó, tras lo cual asintió con la cabeza con gran resolución.
—¡Santo Dios! ¿Asà atiendes mi consejo, jovencita? Te arrepentirás algún dÃa, cuando descubras que el amor en un hogar pobre es un fracaso.
—Sin duda será mejor que el que algunos viven en grandes mansiones —replicó Meg.