Mujercitas
Mujercitas La tÃa March se puso las gafas y miró a la joven de arriba abajo, porque nunca la habÃa visto en ese estado. Meg no se reconocÃa a sà misma, se sentÃa audaz e independiente, y feliz de defender al joven y su derecho a amarle si asà lo elegÃa. La tÃa March comprendió que habÃa empezado con mal pie y, tras una breve pausa, replanteó la cuestión de otro modo, con un tono más amable.
—Venga, Meg, querida, sé razonable y acepta mi consejo. Lo digo por tu bien, porque no quiero que destroces toda tu vida cometiendo un error semejante. Debes casarte con alguien pudiente y ayudar a tu familia. Casarte con un rico es tu obligación y tú deberÃas saberlo mejor que nadie.
—Papá y mamá no lo ven de ese modo. Aprecian a John aunque sea pobre.
—Tu padre y tu madre, querida, tienen menos conocimiento que un niño.
—Pues me alegro de que asà sea —espetó Meg, indignada.
La tÃa March hizo como si no la hubiese oÃdo y siguió sermoneándola.
—Ese tal señor Rook es pobre y no tiene ningún pariente rico, ¿me equÃvoco?
—No, pero tiene buenos amigos.