Mujercitas
Mujercitas —Tú solo tienes que esperar, yo me ocuparé de todo —afirmó John y, en consonancia con lo dicho, recogió la servilleta que se le habÃa caÃdo a Meg con una expresión tal en el rostro que Jo meneó la cabeza. Minutos después, al oÃr que la puerta de la entrada se abrÃa, la joven se dijo aliviada: Ahà viene Laurie; al fin podré hablar con alguien razonable.

Pero Jo se equivocaba, porque Laurie entró saltando de alegrÃa, eufórico, con un gran ramo de novia para la «señora Brooke», a todas luces convencido de que el asunto habÃa llegado a buen puerto gracias a su excelente intervención.
—SabÃa que Brooke lo lograrÃa, siempre se sale con la suya. Cuando se propone algo lo consigue, cueste lo que cueste —explicó Laurie una vez entregado el presente y transmitida su felicitación a los novios.
—Gracias por el piropo. Lo tomaré como un buen presagio para el futuro y aprovecho la ocasión para invitarte a mi boda —dijo el señor Brooke, que se sentÃa en paz con la humanidad, incluido su travieso pupilo.
—Acudiré aunque esté en el otro confÃn de la Tierra. ValdrÃa la pena solo por ver la cara de Jo en un dÃa como ése. Señorita, no parece usted muy satisfecha, ¿qué ocurre? —preguntó Laurie siguiéndola hasta un rincón de la sala, donde todos se habÃan congregado para dar la bienvenida al señor Laurence.