Mujercitas

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Jo no volvió a cuidar a la tía March, porque la anciana se encaprichó tanto con Amy que la convenció de que le hiciese compañía sobornándola con clases de dibujo con los mejores profesores, algo por lo que Amy hubiese aceptado servir a la señora más exigente. Así, la joven dedicaba las mañanas al deber y las tardes, al placer, y mejoraba a buen ritmo. Jo se dedicó en cuerpo y alma a la literatura y a cuidar de Beth, que al cabo de tanto tiempo aún no se había recuperado del todo de aquella fiebre. No era exactamente una enferma, pero ya no tenía el aspecto sonrosado y saludable de antaño. Aun así, seguía siendo una criatura llena de esperanzas, feliz y serena, atareada con las labores que tanto le agradaban, una amiga excelente para todos y un auténtico ángel en la casa, aunque los que tanto la querían no siempre lo supiesen apreciar.

Como The Spread Eagle le pagaba un dólar por columna por sus «bazofias», como ella llamaba a sus historias, Jo se sentía una mujer de posibles y escribía tantos relatos románticos como era capaz. No obstante, su inquieta mente cobijaba planes más ambiciosos, por lo que la vieja cocina del desván se fue llenando de manuscritos llamados a situar el apellido March entre los grandes y famosos.



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