Mujercitas

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A los pocos segundos de estar casada, Meg sorprendió a todos exclamando: «¡El primer beso es para mamá!», y fue hacia ella y se lo dio de todo corazón. En los quince minutos siguientes, la joven, que estaba más bella que nunca, recibió las felicitaciones de todos los asistentes, desde el señor Laurence hasta la vieja Hannah, que llevaba con timidez un estupendo tocado y se abalanzó sobre ella en el vestíbulo y entre sollozos y risitas dijo:

—¡Que Dios te bendiga cientos de veces, querida! El pastel está intacto y todo ha quedado maravilloso.

Después todos se acercaron a decir una frase ocurrente, o al menos a intentarlo, lo que al fin era lo mismo, porque cuando los corazones están alegres la risa es contagiosa. No hubo exposición de regalos porque todos estaban ya colocados en su sitio, en la pequeña vivienda, y en lugar de un elaborado banquete sirvieron frutas y pastel entre adornos florales. Al descubrir que los únicos néctares que las tres Hebes servían eran agua, limonada y café, el señor Laurence y la tía March se encogieron de hombros y sonrieron. Nadie comentó nada sobre el particular, salvo Laurie, que insistió en servir personalmente a la novia y fue hacia ella con una bandeja llena y expresión perpleja.

—Dime, ¿ha roto Jo todas las botellas de vino sin querer? —susurró—. ¿Acaso cuando creí haber visto alguna por ahí esta mañana estaba soñando?


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