Mujercitas

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—No, tu abuelo ha tenido la amabilidad de regalarnos unas botellas de su mejor vino y la tía March ha traído más, pero papá ha guardado unas pocas para Beth y ha enviado el resto a la Casa del Soldado. Opina que el vino solo debe tomarse en caso de enfermedad, y mamá dice que ni ella ni sus hijas ofrecerán nunca vino a un joven invitado que llegue a su casa.

Meg hablaba en serio y esperaba que Laurie frunciese el entrecejo o se echara a reír, pero el joven no hizo ni lo uno ni lo otro. La miró un instante a los ojos y dijo con su habitual impulsividad:

—Me parece bien. He visto los males que causa y me gustaría que otras mujeres pensaran como vosotras.

—Espero que no lo digas por experiencia propia —dijo Meg con un deje de angustia en la voz.

—No, te doy mi palabra. No creas que soy un santo, pero la bebida no es una de mis tentaciones. Me crié en un lugar en el que el vino es tan común como el agua y se considera igual de inofensivo, por lo que no me interesa demasiado. Claro que si me lo ofrece una joven hermosa no lo rechazo.

—Pues tendrás que prescindir de él, si no por tu bien, por el de los demás. Venga, Laurie, prométeme que no beberás nunca más; así me darás otra razón para que este sea el día más feliz de mi vida.


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