Mujercitas

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Ante una petición tan repentina y seria el joven vaciló por unos segundos, porque el sentido del ridículo suele ser más difícil de soportar que la templanza. Meg sabía que si hacía aquella promesa la mantendría a toda costa y, consciente del poder que poseía como mujer, lo usó para el bien de su amigo. No dijo nada más, pero le miró con una expresión y una sonrisa de felicidad que parecían decir: «Hoy nadie me puede negar nada». Desde luego, Laurie no pudo, y asintió con una sonrisa, le tendió la mano y anunció sinceramente:

—¡Lo prometo, señora Brooke!

—Gracias, muchas gracias.

—Brindo por tu decisión, Teddy —exclamó Jo, que le salpicó con un poco de limonada al alzar el vaso para el brindis.

El brindis selló una promesa que el joven mantuvo a pesar de las fuertes tentaciones; con su sabiduría instintiva, las muchachas habían sacado partido a un momento de alegría para hacer a su amigo un favor que él agradeció toda su vida.

Después de comer, los invitados dieron una vuelta, en pareja o en grupitos de tres, por la casa y los jardines, donde pudieron disfrutar del sol. Meg y John estaban juntos, de pie, en el centro del césped, cuando a Laurie se le ocurrió una idea que dio el toque final a aquella original boda.


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