Mujercitas
Mujercitas Después de este episodio, Amy se calmó un tiempo, hasta que la pasión por dibujar paisajes la venció y la llevó a recorrer ríos, campos y bosques para realizar estudios y la tuvo suspirando por unas buenas ruinas que copiar. Pilló un sinfín de resfriados por sentarse en la hierba mojada para inmortalizar una «composición encantadora» formada por una piedra, un tocón, un champiñón y un tallo roto, o «una divina concentración de nubes» que, una vez terminada, parecía más una exposición de mullidos almohadones de plumas. No le importaba que se le estropeara la piel por estar sentada a orillas del río bajo el sol, en verano, para copiar un claroscuro, y le salió una arruga en el entrecejo de tanto fruncirlo en busca de «un buen punto de vista», que era como ella llamaba al hecho de entrecerrar los ojos.
Si, como afirmaba Miguel Ángel, el genio no es más que eterna paciencia, Amy podría sin duda atribuirse dicho don, puesto que perseveró sin que los obstáculos, los fracasos o el desánimo pudieran con ella, firmemente convencida de que era cuestión de tiempo que lograse una creación que valiese la pena y pudiese considerarse una auténtica obra de arte.