Mujercitas

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Lo siguiente fueron los retratos al carboncillo. Surgió así una serie de imágenes de los miembros de la familia, que aparecían oscuros y desaliñados como si acabasen de salir de la carbonera. Al emplear lápices de dibujo, el resultado se suavizó y mejoró, y el parecido resultó ser considerable. El cabello de Amy, la nariz de Jo, la boca de Meg y los ojos de Laurie le salían, en palabras de todos, «de maravilla». Tras esa etapa, regresó a la arcilla y la escayola, y moldes fantasmagóricos de conocidos de la familia empezaron a asomar por las esquinas o a caer a la cabeza de quienes abrían las puertas de los armarios en cuyos estantes se apilaban, Amy logró engatusar a varios niños para que le sirvieran de modelo, pero los incoherentes relatos de estos acerca de su peculiar forma de trabajar le granjearon fama de ogro. Los esfuerzos destinados a sobresalir en esta rama se vieron abruptamente truncados a consecuencia de un inesperado accidente que supuso el fin de su pasión. Ante la dificultad de encontrar modelos, decidió hacer un molde de su propio pie, que en su opinión era precioso. Un día, alarmada por los golpes y gritos procedentes del cobertizo, la familia acudió corriendo y encontró a la entusiasta artista forcejeando con una olla de escayola en la que había metido el pie. El yeso, al parecer, se había endurecido con inesperada rapidez. Consiguieron sacárselo en una maniobra no exenta de dificultad y de peligro. Jo, que no podía dejar de reír mientras rascaba con un cuchillo la escayola, calculó mal e hizo un pequeño corte en el pie de su pobre hermana, a quien dejó una marca indeleble de su pasión artística.


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