Mujercitas
Mujercitas Pasar del fuego al óleo supuso una transición natural para unos dedos chamuscados, y Amy se entregó a la pintura con idéntico fervor. Una artista amiga suya le regaló paletas, pinceles y colores que ya no usaba, y Amy se lanzó a pintarrajear escenas bucólicas y marinas nunca vistas ni en tierra ni en mar. Sus cuadros de ganado eran tan monstruosos que hubiesen obtenido premios en ferias agrícolas, y el peligroso cabeceo de las embarcaciones que pintaba hubiese mareado al más experto marino, de no haber muerto de risa al instante ante tan pasmoso desconocimiento de las normas de construcción de barcos y de aparejos. Los niños morenos y las vírgenes de ojos negros que miraban al espectador desde un rincón del estudio no se parecían en nada a los de Murillo. Las manchas marrones que sombreaban los rostros, combinadas con chillones trazos en los lugares equivocados, pretendían imitar el estilo de Rembrandt; las mujeres con mucho pecho y los niños hidrópicos, al de Rubens, y el de Turner se adivinaba en las tempestades de truenos azules, relámpagos anaranjados, lluvia marrón y nubes púrpura, con una mancha roja como el tomate en el centro que tanto podía corresponder al sol, a una boya, a la camisa de un marinero o al traje de ceremonia de un rey, según decidiese el espectador.
