Mujercitas

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Una de sus debilidades era su anhelo de unirse a eso que llamaba «la alta sociedad» sin saber bien qué era. El dinero, la posición, el éxito y los buenos modales le parecían bienes de lo más atractivos y quería relacionarse con aquellos que los poseyeran. Eso la llevaba, con frecuencia, a confundir lo verdadero y lo falso, y a admirar a quienes no merecían la menor admiración. Sin olvidar jamás que había nacido en una buena familia, la joven cultivó sus gustos y modos aristocráticos para que, llegado el momento, pudiese ocupar el lugar del que en esos momentos, debido a la pobreza en que vivían, se veía excluida.

«Milady», como la llamaban sus amigos, deseaba ardientemente verse convertida en la gran dama que sentía que era, pero aún tenía que descubrir que el dinero no sirve para comprar el refinamiento, que la posición social no siempre es sinónimo de nobleza y que la buena educación se nota aunque la persona tenga que hacer frente a carencias.

—Mamá, te quiero pedir un favor —dijo un día Amy dándose aires de importancia.

—Y bien, pequeña, ¿de qué se trata? —preguntó la madre, para quien la jovencita seguía siendo una niña.


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